Crónicas·planes

Quitarse el sombrero ante ‘Pedro y el Capitán’.

Los sábados a las 20.15 en el teatro Off de La Latina.

Pedro y el Capitán, una lección de principios.

Anoche tuve el placer de asistir a una joya de la corona en lo que a teatro independiente se refiere. El Off de La Latina abría sus puertas y ofrecía un pase especial de Pedro y el Capitán. Digo especial porque la muestra suele darse los sábados a las 20.15 horas y pero ayer hacían la excepción de trasladarla al martes.

Así, me disponía a disfrutar de la función con mi compañera de butaca, periodista teatrera de Ábrete Sesamo. “Apaguen los teléfonos móviles, cuando entren ya encontrarán a los actores en escena”, nos advirtieron. Y así fue.

Lo que vendría después, un intensísimo diálogo de 75 minutos de duración entre el torturador, el Capitán, y el torturado, Pedro. La muestra refleja a la perfección la estrecha relación, a caballo entre el amor y el odio, la crueldad y la compasión, que a menudo se desarrolla entre la víctima y su verdugo.

Excelencia en el guión, adaptación de una novela dramática del uruguayo Mario Benedetti. Hay quien pensará que con tales cimientos no es difícil un buen resultado, pero yo pienso justo lo contrario. Cuando el listón está tan alto, lo difícil es no defraudar.

"Pedro y el Capitán"

De este modo, nos sumergimos en la intimidad de dos hombres opuestos en ideología pero con asombrosas similitudes. La obra está contextualizada en el marco de la dictadura militar argentina de 1976. Y, como decía, nos sitúa ante un hombre rojo y otro azul, en lo que a tendencias políticas se refiere, pero ambos con sus puntos débiles y sus vulnerabilidades, aspectos que humanizan a los protagonistas.

Una obra dirigida por Blanca Vega y Tomás P. Sznaiderman que es tensa, cruda y dura, pero sorprendentemente también tierna y piadosa. Una contradicción aparente que no sería posible de no ser por las maravillosas interpretaciones que hacen José Emilio Vera, encarnando al Capitán, y Antonio Aguilar, como Pedro. Se aprecia el rodaje de la compañía Círculo Teatro con esta obra, ya madurada y en su punto para ser vista.

La demostración de que en teatro no es necesario ser pretencioso con el decorado. En esta ocasión, cuatro objetos, que bien volverían locos a los modernos de Malasaña por su estilo vintage, son más que suficientes para ambientar la escena. La silla acolchada del Capitán frente a la silla rústica y de colegio en la que malamente descansa Pedro, un teléfono de los de rueda que cada vez que se descuelga es para hacer el mal, una jarra con agua de las marrones de casa de la abuela y una lámpara de flexo, que el que interroga bien sabe que no puede faltar, bastan y sobran para el transcurrir de la historia.

"Pedro y el Capitán"Pedro y el Capitán, o Rómulo y el Coronel, si queremos hablar de sus verdaderos nombres, consiguen tenernos durante toda la obra con el alma en vilo. Una obra de contrastes como el pelo engominado y repeinado del segundo, frente al cabello alborotado del primero. Pedro es un hombre comunista que ha sido atrapado por los fascistas y se niega a delatar pese a las eléctricas torturas que recibe. Su silencio al comienzo y su negativa después son el arma que protege su integridad y sus principios. “Prefiero morir como un vivo, que vivir como un muerto”, esa es su máxima. El capitán, por su parte, se sabe un monstruo despiadado pero no es capaz de reconocerlo. El perdón de sus malos actos tan sólo puede lograrlo si consigue una confesión. “Si no me das una confesión no habré logrado mi objetivo y lo que hago no podré justificarlo ante nadie ni ante mí mismo”, repite en varias ocasiones.

El punto flaco de Pedro es el dolor físico que tiene que soportar, mientras que el Capitán se hace débil tomando conciencia de lo retorcido de experimentar placer en la tortura. Frente a todo pronóstico, uno se apiada más de este último, que aunque permanece durante el transcurso en una posición privilegiada de tener la sartén por el mango, finalmente se da cuenta de que no tiene nada. La integridad y los valores del torturado logran convertirse en un castigo mayor para el torturador.

Gracias a Pedro por valerse del no, por hacerse valer aunque el precio sea la vida. Y gracias al Capitán por arrodillarse ante ese valor aunque ello le cueste su muerte en vida. No os los podéis perder y si también preferís la muerte a la traición al Off de la Latina debéis de ir. Ver para creer.

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